UN DESASTRE
INMINENTE SE AVECINABA, MI CORAZÓN LO SENTIA
Decidí
tomar acciones, ya que el chico y los militares iban por médicos. Organicé mi
lista: guardar los aparatos electrónicos y buscar a mis abuelos.
—Papá, ¡ya vengo! quédate allí, ya vengo no me
tardo, voy a buscar a mi abuela, ¡ya vengo!
Desconecté
con velocidad y torpeza los aparatos, comencé a correr hacia el sitio donde
estábamos, mientras corría tenía miedo, estaba asustada, muy, muy preocupada, en
mis pensamientos solo estaba mi papá, que lo dejé solo, que ahora era mi
responsabilidad, tenía miedo que se lo llevaran antes de llegar o que empeorara
no estuviera para ayudarlo, que no se me haya quedado ningún aparato y no encontrar
a mi abuela.
Pensé
que todo pasó por hacerle cosquillas.
No
reconocí el sitio de espera en que estábamos, me perdí por unos micro segundos,
encontré el lugar y nuestras cosas, pero no a mis abuelos.
Al
fin, la encontré.
—¡¡¡Abuela!!!
¿dónde estabas?, mi papá está mal—Ella no habló,
sólo actúo, como si ya se esperaba esto y estuviera al tanto de la situación. Nos fuimos hacia donde estaba él, ella
tenía unas pastillas y una botella de agua; mi papá seguía consciente aún.
—Winder, beba agua. —Negaba
con gemidos, pero no recuerdo si la bebió o no, empezó a toser y se tornaba más
morado.
Mi
abuela me dijo que buscará las cosas y las trajera, salí con toda velocidad y
de regreso con todo amontonado en mí, encontré a mi abuelo, le expliqué lo que
pasaba, pero no fue conmigo.
No sé en qué
momento, pero de un instante a otro todo paso muy rápido y había gente
alrededor del sitio de espera, personas de batas blancas y guantes amontonados
alrededor de mi papá, militares diciendo “abran paso”. Mi abuela estaba a mi
lado viendo como todo se movía con velocidad, lo que creo que más me dolió en
aquel momento, era ver como él se convertía en un paciente, porque lo que
estaban haciendo esos doctores lo hacen a pacientes con gravedad, que necesitan
cirugías, a personas que no conozco, pero a mi papá. Comencé a llorar, no había
que forzar nada, de una manera instantánea las lágrimas salían, de pronto le
comenzaron a hacer RCP, estoy consciente que me criaron dentro de una burbuja,
pero sabía muy bien que eso lo hacen cuando las personas no respiran, lo supe
porque obligadamente veía Grey’s Anatomy con mi mamá.
— ¡Abuela! ¡Abuela! ¿por
qué le hacen eso? ¿no está respirando?
—Es para que respire mejor.
Me
aferre a eso, me aferre con todas mis fuerzas, todo comenzó a girar muy rápido,
era inexplicable como todo ocurría a mi alrededor, de forma muy rápido una cosa
tras otra, veía todo sin hacer nada, lo único que hacía era llorar mucho más, no
quería ver esa imagen de mi papá con personas encima haciendo de todo para que
reaccionará, hundí mi cabeza en mi bolso, creo que esa fue la primera vez que
hablé con Dios.
Crecí
en la religión católica, sabía que existía Dios, pero nada más sabía de su
existencia, mi mundo era mi familia, de la nada sin pensarlo comencé a hablar
con Él.
“Señor, ayúdalo. Dios ayúdalo, no te lo lleves, no te lo
lleves por favor”, exclamé. Lo miré por un
segundo y de nuevo me tapé y dije: “por favor, por favor, no te lo lleves”.
Luego
los médicos pusieron a mi papa en una camilla y mi abuela se fue con él, por lo
que quedé sola otra vez. No sé dónde estaba, pero inmediatamente se acercó a mi
lado.
—Mariale, vamos. — Pero
no sentía mis piernas, me entró el miedo más horrible de que me estuviera
pasando lo mismo que él, un guardia con mi abuelo medio me cargó y a la
mitad de camino pude caminar sola.
En
ese entonces, tenía un mini celular y llamé a la persona en quien más confío
después de mis padres, mis abuelos y mi madrina, a mi padrino Ramón.
—Mami, ya voy a recogerte -
dijo en un mensaje de texto y me hizo sentir segura.
Luego
llamé a mi mejor amiga, Alejandra, ella me contestó.
—Toda va a estar bien Mari. Estoy contigo.
Su
apoyo y amistad en aquellos tiempos fue un calmante en medio de esa horrible
realidad.
Mi
abuelo me vio y dijo: — Mariale no sigas llamando, porque vamos a necesitar el teléfono para
mantenernos comunicados—Quedamos atrapados en el aeropuerto,
con el vuelo perdido y sin saber dónde estaban las maletas. Un muchacho, que al
parecer se encargaba de esto, nos regaló su compañía, empecé a llorar de nuevo,
noté como mi abuelo no sabía calmarme y luego vinieron unas amables señoritas a
atenderme, me llevaron al cuarto de enfermería.
Me
dieron un té de manzanilla para tranquilizarme, me hicieron reír contándome unos
chistes y me sentí mejor, agradecí su amabilidad y me dijeron que me durmiera
un rato, así hice.
La
imprudencia de los adultos es imperdonable, solo los niños pequeños se les pasa
por alto cuando dicen cosas inapropiadas o fuera de lugar, pero un adulto
consciente de la situación ¡Caramba! Estando entre dormida y despierta escuché.
—Qué pena que se le haya muerto el papá muy joven.
Abrí
mis ojos como platos, las demás concordaron con lo mismo. Nunca he sido buena
actuando, entonces como tres minutos después me paré de golpe y ellas asustadas
al verme despierta.
—¿Qué escuchaste? —me dijo una de las señoritas
—¿Escuchar qué? —Fingí
ganas de ir al baño y una aeromoza me acompañó, por segunda vez en menos de
diez minutos, las personas no fueron cuidadosas con sus palabras, es veneno
esparcido con una sonrisa amable, en toda mi cara.
“Se
murió”, le comentó a otra aeromoza que estaba en una especie de recepción, decidí
no creerles, me negaba a hacerlo, mi papá estaría bien.
La
única palabra que iba a creer era la que viniera de mi mamá
Comentarios
Publicar un comentario