LA CAUSALIDAD NOS HIZO AMIGAS Y EL
TIEMPO HERMANAS
Aproximadamente hace unos años 22
años, me fui a un colegio de monjas (impensable) y conocí la que hoy es mi
comadre, amiga y hermana.
En esa época ella era una niña
enamorada que solo veía por los ojos de su hombre soñado, presumía de su gran
amor. Toda orgullosa decía que su novio la iba a buscar al cole, hoy todavía su
cara la recuerdo cuando me vio y lo salude efusivamente. (Lo conocí antes por
un amigo de él, que fue mi novio en mi época de séptimo grado). Él y yo
especialmente no nos llevábamos de maravilla, sin malinterpretaciones, no me
llevaba mal con él, ni lo odiaba, ni mucho menos.
Viví su historia de amor casi casi
desde el principio. Ese amor adolescente, desenfrenado que no entiende de
razones, hasta rayando en capricho. Me llenaba de ira por algunas cosas más que
ella, y trataba de hacerle ver que podía haber alguien más, en algún lugar. Con
el tiempo me di cuenta de que no podía luchar contra la
corriente. Era él su gran amor, ese para siempre y como le dije a
los días de aquel triste momento “esta era la única manera en que ustedes se
podrían separar”.
Estaba llegando a una reunión familiar
cuando recibí la llamada de Pilar:
— Lisbeth, Winder se desmayó, necesito ir al
aeropuerto ya—, no
lo pensé. No había nada que pensar, le dije a mi esposo
—Vámonos a buscar a Pilar, Winder
se desmayó—. No
había nada más que decir. Él me preguntaba ¿Qué paso? ¿qué sabes?
Respondí — nada.
Estábamos del otro lado de la ciudad,
sin embargo, en poco menos de 20 minutos estábamos buscado a Pilar e íbamos camino
a La Guaira. Me pasé al asiento de atrás con ella y le dije:
—Tranquila, ten fe, reza conmigo, pídele a la virgen
que ella no me falla
—Tú sabes que no creo en vírgenes, lo único que te
pido Dios es que si te lo vas a llevar no me lo hagas sufrir
Ella lo presentía, sabía que algo malo
pasaba, que no era un simple desmayo. Cuando llegamos, me baje del
carro a toda prisa, tenía que saber antes que ella lo que había pasado.
Pregunte por él y aquel “doctor” de acento extranjero y frialdad de ver la
muerte todos los días me dice — llegó sin signos vitales— y no sé cuántas cosas más, trataba de
pensar lo más rápido posible ¿qué decir?, ¿qué hacer?
Cuando iba de regreso, José Rubén me
preguntaba con la mirada qué había pasado, solo le dije: — murió— y lo dejé allí. Tenía que
encontrar a Pilar, a quien sujete por los brazos y le dije: —pasó lo peor—. ¿Qué más le podía
decir?, ¿Cómo?, le dices a tu amiga, a tu comadre, a tu hermana, que el amor de
su vida había muerto. Tengo ese momento intacto en mi memoria, ha sido sin duda
una de las peores cosas que me ha tocado hacer en la vida.
Por lo general, soy un encanto, pero
en la funeraria me volví un ogro en potencia, cualquiera que tratara de hacer
preguntas incómodas o imprudentes y llegara con mensajes lastimosos le gruñía y
lo alejaba, no era el momento para revolcarse en el dolor ajeno, viví su dolor
como mío, pensaba en las niñas, mis niñas a quienes amo con locura extrema.
Muchas interrogantes rondaban en mi cabeza por el futuro de las tres, en
aquella funeraria fueron muchas las promesas y planes que se hicieron, tratando
de velar por el bienestar de Pilar y las niñas, entre sus primas y hermanos nos
organizamos para tratar de distraerlas y hacerles compañía lo más posible.
Todo esto ocurrió a un mes y una
semana de mi boda, Dios tengo por testigo que, si Venezuela fuera un país
normal, la hubiésemos suspendido sin pensarlo, pero ya todo estaba pago y la
devaluación no nos lo permitía. Quizás fue egoísta de mi parte dar por sentado
que después de todo lo ocurrido ellas estarían en nuestra boda, hasta que una
tarde de esas tantas en que solo iba a hacerles compañía a su casa, me dice con
voz firme y sin titubear:
—No voy a ir a tu boda, no puedo Lis—. Con los ojos aguados le
dije
—No decidas nada aún, vamos pasito a pasito—. Recuerdo llegar a casa
buscando consuelo, no podía concebir esta ese día sin ella y las niñas.
Después de mucho llorarle estuvieron
conmigo ese día, estaré toda la vida agradecida porque muy a pesar de su dolor,
lo hizo a un lado para hacerme feliz. Al día siguiente
revisando los regalos, revente en llanto, allí estaba el regalo de Pilar, Mariale,
Mafer y Winder, la tarjeta decía “acepten el regalo ya estaba
conversado, él se los quería dar”. Eran dólares y pensaba que en ese
momento ellas lo necesitaban más que nosotros, el coño (de Winder) siempre
haciendo su voluntad.
Cuando pensamos en esos últimos días
de la vida Winder por este mundo, es imposible no pensar que hizo lo que le dio
la gana, siempre que iba a mi casa terminaba diciéndole que se fuera, que yo
necesitaba dormir, porque le gustaba tomar y hasta tarde, una semana antes de
partir, estuvimos en mi casa todos, bebimos, nos reímos, creo que bajo a
fumarse un tabaco con José Rubén, todo por llevarme la contraria. ¡No podía ser
de otra manera y se fue a la hora que quiso, creo que fue la única que vez que
no lo maletee!
Pilar pasó una etapa muy gris, me
preocupé muchísimo por ella, estaba muy vulnerable o al menos eso pensaba yo,
tanto que fui hablar con un sacerdote amigo para que me orientara para ser más
útil en su vida. Después de explicarle lo ocurrido, me preguntó:
— ¿Ella es una mujer fuerte?,
—Sí, siempre lo ha sido, puedo contar con una mano,
las veces que la he visto llorar (más de 15 años de amistad en aquel entonces)
—Dale tiempo, ora por ella y por las niñas, ellas
superarán esta dura prueba.
¡Así fue! Pilar tiene una
frase que ahora cobra más sentido que nunca, EL AMOR NO SE VA, SE
TRANSFORMA. El amor no es lineal, es dinámico, se transforma con el
tiempo… Y el de ellos sé que supera este plano.
El compa y yo teníamos juegos pesados,
nos chalequeábamos duro y crudo, hoy sería considerado bullying hasta de
psicólogo quizás, pero muy a nuestra manera nos quisimos, y siempre, siempre lo
tengo presente.
Para mí tenía un millón de defectos
como hombre, pero sin duda hay algo que no le puedo quitar es que fue un buen
padre, hijo, amigo y esposo.
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