"Los hijos son los motores que mueven la barca."
MDP
Cada noche le daba gracias a Dios por haber superado ese día
sin tener ganas de morir, oraba por mi salud porque ahora tenía un nuevo miedo
desbloqueado, no estábamos dos en el juego, me daba pánico que me pasara algo, y
mis hijas quedarán sin sus dos padres. Oraba para sacar a mis hijas adelante y verlas
crecer, daba gracias a Dios porque tenía el privilegio de estar viva para
ellas, solo pensaba que tenía una doble responsabilidad, criarlas con el
objetivo que nos habíamos planteados desde que nos hicimos padres, que sean buenas
personas.
Le pedía al creador por mi suegra que no se volviera loca,
que le diera paz en su alma; por mi mamá que sufría como si quien hubiese
muerto su propio hijo, por mis niñas para que volvieran a sonreír sin
pesar. Sentía
que la vida había sido injusta conmigo, no soy una mala persona, mi familia
siempre fue una prioridad, amo mi carrera, decidí tener una profesión con vocación
de servicio, para ayudar a otros a creer en ellos mismos; no entendía porqué la
vida me pago así, ¿Por qué tocó lo más bonito que tenía? ¿Por qué quebró a mi familia? Un matrimonio de
adultos mayores se me acercó en una oportunidad y la señora, me preguntó:
—¿Quién de ustedes dos hubiese soportado
“mejor” la muerte del otro?, y sin pensarlo respondí: “definitivamente yo, aunque él hubiese salido adelante, le habría costado
mucho, era una persona muy sentimental, soy más pragmática, la
sangre fría como él decía”.
Algo que
me plantee desde el día uno, era mantener su legado, las normas de la casa, las
rutinas de los fines de semana, lo más difícil de aceptar era que bodoque
(Mafer) iba a crecer sin su papá, no conoció el asombroso padre que era, no era
el típico papá, seleccionaba los juguetes, compraba la ropa, si era posible les
escogía la ropa para salir, hacía tarea con ellas, las llevaba al médico,
iba a las reuniones del cole, a las fiestas de cumpleaños sin mí (realmente
creo que era la mamá, porque hasta les bajaba la fiebre). A ambas le dio su
primer baño; la crianza, las decisiones y atenciones de las niñas eran
compartidas por igual.
Algunos
domingos cuando mis ánimos no estaban tan decaídos las llevaba al parque o nos
íbamos a patinar a Los Próceres, no era fácil, vernos las tres haciendo algo
sin él era difícil, pero los niños no manejan el dolor como los adultos, me
costaba mucho pararme de la cama, pero sacaba fuerza, porque era necesario que
se distrajera; estar encerradas y ver a su madre todo el día llorando no era
sano para ellas, en una de esas salidas, me di cuenta que no era la única que
estaba deprimida, pero a diferencia de mí, ella no lloraba.
Estaba
tan concentrada en mi dolor creyendo que era la única que sufría y cuando
reaccioné, Mariale estaba sufriendo en silencio y no me di cuenta hasta que los
cambios en su cuerpo fueron notorios. Las emociones que se callan, se
exteriorizan en el cuerpo, le comenzó a salir acné, a crecer sin medida, para
ella lo de su papá no había pasado, cuando le tocaba el tema no lo recuerda, no
quería hablar de eso. Una vez perdió el
celular que su papá le había comprado en su cumpleaños número 8 ese día lloró
tanto, a a como diera lugar solo quería recuperarlo para que se calmara. Por obra
divina lo logré rescatar, pagué más de lo que realmente costaba para que nos lo
devolvieran, pero solo pensaba “los milagros están en todas
partes”.
Ella estaba
tan triste sentía que perder cosas materiales que su papá le había dado, era
como ir perdiendo los pocos recuerdos que quedaban de él, aunque físicamente
somos iguales, tiene la personalidad de su padre, sin duda tiene lo mejor de
él, su carisma, su sonrisa, su amabilidad, su lealtad. Ella era el legado vivo de él
—Hija, órale
a Dios para que te aparezca
—Entonces
no va a parecer, el día que mi papá se murió, yo rece, rece mucho para que
mi papá se mejorara y viviera; no me escuchó.
Solo hubo silencio, quedé muda, no supe qué decirle, ella
tenía resentimiento con Dios por haberse llevado a su papá, para mí eso fue
un golpe duro, porque mientras a mí Dios me daba consuelo, a ella la
había abandonado. Después de muchos
meses me entere a través de una prima que la niña no lloraba porque no quería
ser otra carga más para mí, sentía que yo tenía suficiente con mi propio dolor,
¡qué peso tan grande llevaba mi pequeña!. Cada persona tiene su forma para
lidiar con el dolor, pero algo tenía claro callar las emociones, no era la
solución.
Poco a
poco conversamos acerca de lo importante que es exteriorizar las emociones y no
reprimirlas, aceptar que a veces sucedes cosas que están fueran de nuestro
control, lo mejor que podemos hacer simplemente es nada. La muerte de su papá era una de esas
situaciones que no se pudieron controlar, lo que le sucedió a Winder fue un
conjunto de desgracias juntas.
Mi
cabeza iba a mil por hora, debía hacer mi dolor a un lado, era
necesario enfocarme en mis hijas, sobre todo en mi hija mayor, en hacerlas
sentir vivas, amadas, libres, que la vida es bonita, ya tendría las noches para
sentirme triste.
Leía, investigaba, de cómo las podía ayudar a ambas, les
preguntaba a sus médicos, siempre estaba en una búsqueda para hacerlas sentir
más cómoda con sus sentimientos
Por más
estudios que tuviese, así me leyera todos los libros de duelo, de emociones,
psicología, habían cosas que se escapaban de mis manos, para ello busque ayuda
profesional no quería que ella creciera con sentimientos de culpa o tristeza
por su papá. Las recomendaciones que me
dio la psicóloga, era que la inscribiese en un deporte, después de revisar
muchos seleccionamos el tenis, un juego de mucho análisis, estimulaba el
crecimiento y el sistema motriz, de igual forma debía ir al psicólogo y al
terapista ocupacional una vez a la semana, que tuviéramos un momento para
compartir juntas, conversar de las cosas que hacía felices a su papá.
Además
de perder a mi esposo, lidiar con su ausencia, criar a mis hijas solas, también
tenía que ver a mi hija destrozada, lloraba de rabia, porque no era justo
que mi hija pasará por eso, no es justo que un niño tenga que sufrir, no es justo
ver un hijo desmoronarse ante tus ojos y estar atada de manos, porque una cosa
es que tu hija tenga una enfermedad, le dan un medicamento y vas viendo
mejoría, pero como luchas con sus pensamientos, con sus miedos internos.
De tanto
investigar encontré una lista de recomendaciones, ¿qué hacer después del fallecimiento?
Verifiqué punto por punto, y en qué podía mejorar, algunos ya no los podía
cambiar, en otros estaba encaminada.
1. Explicar
todo lo ocurrido, sin palabras que impliquen confusión: Cuando
le dije que había fallecido, le dije: “Papá se fue para estar más cerca de
Dios; papá se murió hija lo siento”, subimos del aeropuerto en carros
separados, para tener privacidad de hablar cuándo llegará el momento. La única
que debía hacerlo era yo.
2. Permitir
que participe en todo lo concerniente al funeral: Haberla limitado de
que estuviera en los protocolos funerarios (ver su cuerpo e ir al entierro), no
facilito su proceso de duelo. Eso me lo dijo la psicóloga; el ver a un ser
querido en el féretro es para cerrar el ciclo que no va a volver
3. Expresar
las emociones: Siempre le decía que llorar estaba bien, porque nos
permite desahogarnos, pero ella no lo hacía. Entonces nos encontrábamos en los
extremos; ella no lloraba nada y yo demasiado, tanto que me volví una
carga para ella.
4. Eliminar
el sentimiento de culpa: Le explique detalladamente las razones médicas, por las
que su papá falleció, sino era en tierra, sería en el avión, esa situación
hubiera sido la peor para todos.
5. Presencia
física y emocional del progenitor sobreviviente: Estuvimos por muchos
días desconectadas una de la otra, pero luego de pasar el trago amargo, trataba
de compartir cosas con ellas, no es ni ha sido sencillo, porque su papá era el
divertido, el de los videojuegos, los comics. A raíz de nuestra pena
fortalecimos nuestros lazos por la lectura y las películas
6. Garantizar
estabilidad y retomar lo antes posible las rutinas: Nuestras vidas las
retomamos un par de meses después. Las normas y las rutinas permanecían igual:
hora de acostarse, los permisos para compartir con sus amigos y las
responsabilidades de las tareas de la casa
7. Expectativas
muy altas o responsabilidades excesivas: Siempre trabajaba
los sábados en las mañanas dando clase adultos, Winder era quien las cuidaba, después
de su muerte las llevaba a donde una prima o mi papá les acompañaba hasta que
llegará.
Un día, cansada de levantarse los sábados tempranos, me
dijo:
—Mami déjanos solas, igual tú llegas como a las once y Bodoque
se levanta tarde, yo me encargo de todo, ya sé no le abro la puerta a nadie—colocando
los ojos hacia arriba— porque tú tienes llave y mi abuelo me llama, sé que me
vas a llamar a cada hora — sonriendo— en aquella época ella tenía diez años
y la peque 22 meses, tuve miedo, pero no todo el tiempo íbamos a tener alguien
que nos pudiese dar la mano.
Un día llegué súper agotada, fui directo a recostarme un
rato, el olor a comida me levanto, ella cocinó por primera vez unas pastas con
salchichas con salsa de pote; los ojos se me aguaron, cuando me dijo:
—Mami te
preparé el almuerzo, sé que estas muy cansada
—Mariale
solo iba a descansar un rato, me hubieses levantado
—¿Cómo
me quedó?, — preguntó
—Muy
bien para ser la primera vez, la próxima le echas salsa de tomate y un poquito
de agua, para que no te quedé tan amargo. —Comimos las tres en silencio.
En ese
gesto de nobleza estaba su padre, en cuerpo presente, desde ese día, hasta el
sol de hoy, ella se ha puesto esa responsabilidad en sus hombros. No ha sido
fácil hacerle entender que el adulto soy yo, que debe relajarse un poco más,
que debe disfrutar su vida de adolescente, no ser tan exigente con ella misma,
que ella es una jovencita muy noble y sensible.
Los niños son tan frágiles
cómo un vaso de cristal, jamás sabes si juegas con las travesuras de una niña o
con el dolor de una muñeca defectuosa
Tus escritos me llegan al alma..
ResponderEliminarUna niña con un corazon tan grande! las amo tantoooooo
ResponderEliminarNunca supe eso
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