“Llorar ayuda a relajarnos, a liberar emociones y a desahogarnos,
pero también nos permite cambiar y reducir una condición subyacente mucho más
profunda: los episodios de angustia, las lágrimas alivian nuestro malestar
tanto físico como emocional, tiene efectos relajantes, su alivio del dolor,
contribuye a conciliar mejor el sueño” (Clemente, 2019)
Dentro de algunos destellos de lucidez, tomaba decisiones pensando
siempre en el bienestar emocional de nuestras hijas. En cuanto a Mariale que
fue con quien falleció su papá, le pedí a la mamita de su mejor amiga, que le
permitiera a su hija hacerle compañía y así permitirle que dentro su dolor tener momentos de niñas; para un adulto manejar la pérdida de un ser amado es
difícil, pero para un niño es aún más, una montaña rusa de emociones,
dentro de su inocencia es importante explicarle las cosas cómo van a suceder
(funeral, entierro y condolencias), para que estos actos no lo tomen por
sorpresa, darle compañía, dejarlo que se exprese; esto puede suceder de muchas
formas: rabietas, cero contacto, en silencio, llorar sin consuelo; entre otras,
estar ahí, pero sin presionar sus emociones
Solo tenía una cosa clara, esto que me toco no hay forma, ni
manera agradable de vivirlo, era mi deber como madre y por legado de Winder
hacerlo de la mejor manera posible, tome la decisión de transitar por este
proceso sin medicamento, estaba decidida a vivir cada etapa por más dolorosa
que fuera. Irónicamente ahora soy el PILAR de mi hogar, no había opción
para derrumbarse, era necesario sacar lo mejor de mí para poder seguir.
Con el tiempo aprendí que la noticia que corre más rápido es la
muerte de una persona. Al llegar a mi casa sentada en el mueble, observando esa
cantidad de maletas, Bellota (nuestra perrita) acostada en su cama, Mafer en su
cuna, Mariale en su cama, mi mamá moviéndose de un lado a otro, y yo con mis
pensamientos en negro “ahora que hago si nosotros nos íbamos de viaje”. Sin
pensar me dispuse a desempacar las maletas; escogí su ropa, su camisa, sus
pantalones nuevos, solo le quité la etiqueta; la ropa interior, medias y
zapatos; al llegar mi cuñado se lo entregué, pero solo tomó la ropa, me quedé
mirando la ropa interior y los zapatos, me dijo:
—Ya no la
necesita—las
lágrimas se me salieron solas.
Desempacar todas sus cosas, fue catártico fui sacando toda su ropa
y armé paquetes para mi cuñado, mis hermanos y mi suegro, tiempo después, a
cada uno de sus amigos le di alguna prenda.
Tomé la decisión de que mi hija mayor, con sus nueve años, no
viera a su papá en el funeral, sé que, si el caso hubiese sido al revés, él
tampoco lo hubiera permitido. Le dije: — Alejandra, vas a ir a la funeraria, pero no vas a ver el cuerpo
de tu papá.
—¿Por qué
mami?
—Porque
quiero que te quedes con un bonito recuerdo, fuiste afortunada, al ser la
última persona que vio, su princesa mágica, — su carita de tristeza solo le dio por
medio sonreír. —Al
cementerio no vas a ir, te vas con tu madrina a la prueba de vestido de novia.
—¿Por qué
no puedo ir?,
—Es
suficiente el dolor que estás cargando en silencio, por favor confía en mí,
estoy haciendo lo que hubiese hecho tu papá si fuera al revés. Otra cosa, habrá
muchas personas que te van a abrazar, permítelo da las gracias hija, esto ha
sido muy duro para todos.
Tomé la decisión con base a las herramientas que tenía, mis
creencias, y la personalidad de mi hija, cada uno debe hacer lo necesario para
proteger a los suyos
27 de
febrero de 2014
Ese jueves mi madre cumplió 59 años, sus cumpleaños jamás
volvieron hacer los mismos, el hijo que Dios le había dado, la vida se lo
arrebato.
Llego el momento de ir a la funeraria porque ya habían entregado
el cuerpo; no quería ir, no deseaba pararme de la cama, me decía no tenía
nada que hacer allá, no paraba de llorar, no quería que la gente me abrazara,
me dijera lo maravilloso ser humano que él era, porque ya lo sabía. No quería
que la gente pensara que su dolor era más importante que el mío, porque al
abrazarte no lloran solo por su partida, si no por tu sufrimiento. Mis primas
ya estaban en la casa, no tenía deseos de comer; en el pasillo las oía, “no
quiere comer que hacemos, no quiere ir a la funeraria”; escuche la voz de
Lisbeth “debe de comer, Mary dame la comida”, entro a mi cuarto, se
sentó en la cama y me dijo:
—Tienes que
comer
—No tengo
hambre, no me provoca nada
—Debemos
hacer cosas Pilar
—¿Cómo
cuáles?
—Primero
tienes que comer, no te puedes dar el lujo de enfermarte, segundo hay que mover
el dinero de las cuentas del compa, ¿tienes la clave del celular?
—Me quitó
ese privilegio, después de borrar una publicación de su Instagram, —me fui a buscar el
teléfono a la sala, solo podía recibir las llamadas, no podía hacer más nada
porque estaba bloqueado, lo observé, como si con la mirada lo pudiera
desbloquear. — El
compadre me dijo que había un documento que tenía las claves; —mi hija que
estaba ahí, me pidió el teléfono y lo desbloqueó, ambas nos quedamos mirando sorprendidas, nos
dijo:
–Mi papá me dio la clave, para cualquier cosa—, “los
milagros están en todas partes”, ese pensamiento me vino a la mente: ¿qué
estarías pensando amor?, con el celular desbloqueado habían miles de
notificaciones de WS, Face, pero de momento atendí lo
importante, fui a la libreta de notas, ahí estaban todas las claves
de los bancos, redes, deudas, cobranzas, con una risa burlona Lisbeth dijo:
—Quién
pensaría con lo desordenado que era el compadre, — cuando volvimos al cuarto empecé hacer lo pertinente, mover el
dinero de las cuentas, mi comadre me dijo:
—Mary (mi mamá) me dijo
que no quieres ir a la funeraria.
—Para que
voy a ir, no quiero ir, no quiero, él ya no está.
—Tienes que
ir.
—No voy a
ir.
—Debes
hacerlo Pilar, se lo debes. —mirándome con
firmeza, pero en sus ojos se notaba que ella tampoco estaba preparada para
lidiar con tantas cosas.
—No me voy
a vestir de negro.
—No lo
hagas si no quieres, —se sentó
en silencio en la cama, me dio de comer como a un infante, alcancé a comer la
mitad del plato, me di un baño, dejaba que el agua corriera, que limpiara mi
pena, volví a dormir, después mi comadre, me llamó para que me arreglara.
—Vamos—llegamos como a las
6:00 de la tarde.
Al pisar la funeraria todos los ojos estaban puesto en
nosotras, sentir todas esas miradas en mí, me descompuso, por lo general nunca
me molesta la atención, pero esa atención de lástima, de compasión la detesto.
Ver todas esas caras de tristeza, era demasiado peso para el morral que cargaba,
mi cuerpo no me dejaba llegar hasta la urna, mi mirada solo alcanzó a ver los
pantalones y la camisa, no pude acercarme más.
Algunas personas en su morbosidad por saber, a veces no tiene límites,
te acorralan con un interrogatorio de lo sucedido o te presionan para tener
respuestas, o peor aún se acercan para ver las reacciones de pena o escuchar
conversaciones, es tan desagradable. ¡¡¡Empatía, necesitamos mucha
empatía!!!
La gente te abraza, te pregunta ¿qué pasó?, ni yo misma sabía qué
había ocurrido, gracias a Dios tenía un escudo de protección, mi comadre
Lisbeth, cuando alguien hacia preguntas imprudente, solo sentía el movimiento
de mi cuerpo girarse y su mirada acusadora hacía la persona. Ese
día me dieron una pastilla porque no paraba de llorar, me atontó, estuve como
en cámara lenta, llegué a un punto en que me desvanecí, después de eso, prometí
calmarme, pero que por favor no me dieran más nada, iba aguantar.
Mi suegro no paraba de ver su urna, mi suegra y yo decidimos
quedarnos con su último recuerdo, cada uno como podía lidiaba con su pena, mi
cuñado se movía de aquí para allá con todo lo concerniente a la funeraria y al
cementerio, me consultaba cosas, pero todo lo hacía él.
El entierro fue aún más doloroso, mis suegros no se bajaron del
carro, mi hija mayor se fue con mi comadre, la peque de 17 meses estaba por
todo el cementerio corriendo de un lado a otro ajena a lo que ocurría a su
alrededor, sonríe a ver a uno de mis hermanos y mi compadre apurados cuidando sus travesuras. Al
frente de la urna quedamos sus dos mejores amigos, su hermano y yo, con su
sombrero vueltiao que adoraba, lo compramos en nuestro último viaje a Colombia,
era el venezolano más colombiano que había conocido, derramamos una botella de
ron del más fino que le habían regalado, así le dimos el último adiós a Winder
Ramón Valdiviezo Urbina a sus 30 años, Hijo, hermano, esposo y padre
amoroso, a quién hoy pido perdón por no tener el valor de decirle adiós.
—TE VOY A
AMAR SIEMPRE—, fueron
las últimas palabras que le dediqué.
Cuando alguien muere normalmente las personas acompañan por unos
días a los familiares directos, pero luego vuelven a su rutina y esa realidad
es abrumadora, pero en nuestro caso fuimos bendecidas. Después de su partida familia y amigos hacían
espacios en su vidas, siempre pendiente de mis necesidades y las de mi hijas; mis
hermanos se turnaban para dormir conmigo, mis primas estaban pendientes de del
día a día con las niñas, mi comadre me hacía comer, mi hermano pequeño estaba
pendiente a cada paso que daba, lloraba, él estaba siempre a mi lado, cada vez que
entraba una llamada, era llorar contando la incógnita muerte de un hombre de 30
años, —Dame eso, de
aquí en adelante lo atiendo yo—quitándome el teléfono. No entendía, pero ¿qué pasó?, pensaba en el
futuro en como las cosas se podían complicar quedándome sola con dos niñas, no
tenía forma de regular mis pensamientos, me generaba pánico que me pasará algo,
sentir esa opresión en el pacho tener cuidado en cada paso, no quería salir del
cuarto solo estar segura de que ahí no me iba a pasar nada, porque me aterraba
dejaba desamparadas a mis hijas; primera lección del duelo vive el presente, el
hoy, el ahora, el futuro no está escrito.
Mi rutina antes de dormir era ver sus fotos en su celular, que con
el tiempo se volvió mío, oler las prendas que habían quedado, para mi hija
mayor no fue de su agrado que regalara la ropa de su papá, más sin embargo para
mí haber sacado todas sus cosas aquel día me permitió; primero, desprenderme de
lo material, segundo soltar un poco ese dolor; por último un sentimiento que
aun hoy no puedo describir ver a las personas con la ropa de Winder, es como si
un pedacito de él siguiera en cada uno de nosotros..
En cuanto a su familia, siempre tuvimos muy buenas relaciones,
como ser humano no podía ser insensible a su situación, la única conexión que
ahora tenían de él eran mis hijas, permití que ellos se unieran más de lo que
ya estaban, mi suegro asumió el rol de padre de las niñas cuando todos volvimos
a la rutina, a veces coincidíamos en el camino y verlo caminar sin rumbo me
partía el alma, que dolor ver a unos padres
sufrir.
Mi suegra fue otro tema, estuvo durante el funeral medicada, ese
proceso de duelo lo comenzó a vivir cuando ya nosotros nos habíamos resignado a
vivir en piloto automático, ninguna de las dos lo vio, al frente de todo el
proceso estuvo mi cuñado por su parte y mi compadre en mi representación. A
veces dudaba si en el fondo mi cuñado podía ser capaz de llevar la carga de
volverse hijo único por su carácter y personalidad, pero asombrosamente tomó el
frente de todas las cosas, o en su mayoría, lo irónico que a pesar de que no
eran unos súper hermanos unidos, con la última persona que habló fue con
él.
Volviendo a su mamá, comenzó a buscar culpables, como que en las
morgues hacen cosas extrañas a los cuerpos, que no estuve pendiente de la ropa
que le iban a colocar, que dejé que personas ajenas a nuestro entorno
estuvieran pendiente de todo, que si el médico que lo atendió era un inepto,
que él estaba enfermo, que no lo llevé al médico, que iba a denunciar al
aeropuerto, al médico, al planeta entero si era posible, por muchos días fue
así y yo estaba exasperada entre dolor, rabia y culpa, cuantas veces no se
había enfermado estuve ahí cómo su apoyo, pero con sus decisiones de buscar
ayuda, como llevas al médico a un adulto de 30 años. Dentro de todo mi
dolor le dije que yo había hecho la declaración del deceso en el registro,
activé el seguro funerario, escogí su ropa, aunque no estaba en cuerpo
presente, se resolvieron las cosas con ayuda de los hombres de mi familia, mi
compadre, amigos y mi cuñado, que siempre me consultaba antes de tomar
cualquier decisión. Estando consciente de que discutir con su dolor, era
provocar una ruptura entre nosotras, justamente no era lo que mi esposo hubiese
querido. Debía mantener su memoria, respetar su legado, incluido al ser que lo
trajo al mundo.
No me ofusque, solo respiraba, dando respuestas calmada para cada
ocurrencia, tratando de que mis palabras aliviaran un poco su pena, buscando
con ellas un permiso para que le diera paz a su dolor, porque yo sufría, pero ella
mucho más.
No me ofusque, solo
respiraba, dando respuestas calmada para cada ocurrencia, tratando de que mis
palabras aliviaran un poco su pena, buscando con ellas un permiso para que le
diera paz a su dolor, porque yo sufría, pero ella mucho más.
Clemente, S. (08 de abril de
2019). 7 grandes beneficios de llorar. La mente es
maravillosa. https://lamenteesmaravillosa.com/7-grandes-beneficios-de-llorar/

Al leer este blok quiero decirte q eres admirable, escribir cada palabra, cada paso, revivir ese dolor, esos momentos y aun así poder decir aún puedo seguir adelante, no solo xq quieras si no porque toco y lo aceptaste... Mi dolor nunca será jamás igual a tu dolor pero algo si te digo ame y amo a mi primo inmensamente y leyendo todo esto cerré mis ojos y me fui a ese lugar, q aun recuerdo las palabras de mi hermana leidy "sardy te calmas y te controlas" sentí en ese momento q las piernas se me desvanecían.. Gracias maría una vez más por regalarnos esto por ser tan fuerte, por amar a mi primo y por ser la madre de esas dos bellas niñas.. Gracias
ResponderEliminarGrande, fuerte y valiente, siguen siendo palabras claves para describirte desde que me diste clases... Hay ejemplos de maternidad que aún tomo de ti y de mis recuerdos. Un abrazo!
ResponderEliminarMe he transportado con tu redacción a cada momento vivido. Es de admirar cómo lidiaste con cada momento. Un fuerte abrazo!
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